
El pueblo alemán es generoso por naturaleza y yo me dejo querer. A día de hoy este es el inventario de regalos que he recibido de esta nación:
- Una cena: en el congelador de la residencia había varias cosas que si no me las comía se echaban a perder. Les hice una inspección alimentaría (siempre supe que la asignatura de higiene me serviría de algo. Seis años de estudios-veterinarios se cristalizaron en aquel momento). Me lo comí y tan a gusto.
- Una cajonera: alguien la tiró y yo me la subí a casa. Le di una-ducha (literalmente) y tan a gusto.
- Dos cafés: a uno me invitó mi profesor de violín, y a otro mi-profesor-de-coral-africana, asignaturas molonas. Me los bebí y tan a gusto.
- Una silla: me la encontré en la calle. Como no había nadie custodiándola decidí que era mía. De camino al tranvía vi una-terraza-con-un-montón-de-sillas-iguales, pero preferí obviarlo y andar con seguridad. La tengo en la cocina. Me siento y tan a gusto.